Facilidad

Hasta donde sé, a mi madre le extirparon la capacidad de tener pensamiento político. Es posible que haya sucedido hace mucho, en algún momento coincidente con aquella época en la que dejó de escuchar un vinilo de Sui Generis y un cassette de Let It Be para cantar boleros mientras planchaba las camisas de mi viejo junto al grabador que reproducía la voz de María Marta Serra Lima. Su máxima expresión política que logro recordar con mucho trabajo es un “son todos iguales”. Apenas eso. Incluso se escabulle con una agilidad extraordinaria cada vez que después de una elección trato de averiguar a quién votó. Pero el viernes estaba hipnotizada frente al televisor repasando imágenes de la despedida de Néstor Kirchner. Me contó que ese mismo día, a la vuelta del trabajo, se puso a hablar en el tren con una señora que volvía de ver el cortejo.
—Me dio una lástima: me dijo que le había dado hambre y se quiso comprar un alfajor. Pero no lo compró. Me dice: “No sabía que vendían tan caras las cosas en el centro”.
En ese asiento de tren, al lado de mi mi vieja, iba el kirchnerismo. Esa mujer es uno de los emergentes de un proceso que avanza a fuerza de contradicciones y que siete años después de haber llegado al poder puede plantearse como una opción para el futuro, como una promesa.
Una semana antes era difícil contener los insultos por el cinismo del Gobierno ante el asesinato de Mariano Ferreya. Que si había grupos buscando muertos, que no vamos a recibir a los troskos, que nuestros funcionarios no tienen la más mínima responsabilidad. Fue necesario el cadáver de un militante para que el Ministerio de Trabajo diera, en ese caso, un paso coherente con su discurso. La muerte y la explotación como resultados de sectores del Estado al servicio de la renta aún siguen vigentes incluso con un Gobierno que tantas veces demostró que aquello podía ser parte de una época pasada.
El kirchnerismo ya no iba a poder ser visto del mismo modo. Y sin embargo, una semana después, fueron muy largos los segundos que tardé en aprehender el sentido de esa imagen y esas palabras que desde la televisión decían que había muerto Néstor. Su imagen en primer plano fue el inicio. No alcanzó. No podía, no quería, entender qué hacía eso ahí. Por fin, junto con la explicación llegó la desazón, que tal vez jamás termine de comprender.
Como primer paso, me digo que el kirchnerismo es, en parte, eso: una contradicción. Pero una que creemos posible superar o al menos tensionarla lo suficiente para que nos sea favorable. Es el “aún”, la perspectiva cierta de que puede haber justicia, de que existe, al menos, una tendencia a, una posibilidad. Es, quizá, algo de ingenuidad. Debe ser por eso que a siete días de los balazos que marcaron de forma indeleble la relación con el oficialismo caminé desconsolado por Plaza de Mayo entre desconocidos que lloraban y gritaban, que reclamaban seguir. Iba cargando la necesidad de estar, pero con el conocimiento de que debería haber sido más fácil no faltar.

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