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Cuando las cosas salen mal

“Ante la posibilidad de realizar transferencias, la entidad no se responsabiliza por el robo a mano armada que pudiera sufrir el cliente. Gracias por su comprensión.” Una leyenda similar a esa sería la que, según fuentes del sector financiero, utilizarán los bancos luego de la histeria mediática provocada por los últimos casos de salideras. O no. Quién sabe. Pero es verosímil una medida de ese tipo como intento de los accionistas de los bancos por disminuir los riesgos. Es una alternativa posible ante un delito en el que todos quieren sacar alguna ventaja.

El primer ganador está ahí, escondido cual elefante en el medio de un salón. No son los delincuentes, no. Esos corren los mismos peligros de siempre tratando de hacer lo que consideran su trabajo. Un error, un dato mal dado, el azar, un policía con buena puntería, son muchos los factores que los acechan. No, el primer victorioso es Clarín. Fue, en marzo de 2007, el encargado de popularizar el neologismo “motochorro”. El origen, asegura el propio diario, estuvo en Palermo –dónde si no–­, pero fueron ellos los encargados de llevarlo a la fama. El resto del entramado de los grandes medios no se pudo contener y lo repitió. Y ahí está, esperando que la Real Academia lo agregue a su diccionario en un par de años.

También la política quiere sacar ventaja. Desde el macrismo, por ejemplo, vislumbraron una posible solución fácil y rápida. Por eso repiten que se puede terminar con el problema con una ley que obligue a los mensajeros a usar chalecos con una identificación y les prohíba llevar un acompañante en la moto. Efectista, simple, para que todos lo entiendan. En la provincia de Buenos Aires no fueron tan rápidos de reflejos para las falsas promesas. Daniel Scioli necesitó a una mujer embarazada baleada en una salidera para mostrarse como un hombre de acción y anunciar que impulsará la colocación de más cámaras de seguridad y de inhibidores de teléfonos celulares en los bancos. Al menos fue más hábil para abrir la puerta a los lobbies: frente a los de los fabricantes de chalecos, son mucho más interesantes los que pueda realizar la industria de la seguridad.

La salidera es un delito interesante porque hasta la víctima quiere obtener un beneficio. De qué otro modo –y evitemos alegar la propia estupidez– se explica si no que alguien quiere sacar decenas o centenas de miles en efectivo de un banco. Dos ejemplos son los del empresario que paga en negro a sus empleados o el de aquel que busca eludir el pago del impuesto a los débitos y créditos bancarios. En el último caso se trata de una tasa de 0,6 por ciento sobre el monto de dinero de la operación. El más reciente hecho, el de Carolina Piparo, que copó noticieros y portadas de diarios gracias a la sensibilidad que despiertan las madres, el pago que se evitó fue de poco menos de 480 pesos.

Otra vez la salidera se vuelve fascinante. Son segundos en los que con un arma apuntando se decide el precio de la propia vida. A C. le pasó. Su jefe la creía una empleada de confianza y la mandó al banco a retirar 10.000 pesos para el pago de salarios sin cargas sociales. Alguien la marcó, la siguieron y tuvieron que pegarle un culatazo en la cabeza porque se agarraba con furia a la cartera en la que tenía el dinero de su jefe. Ahora dice que en el momento no se dio cuenta, que fue una reacción involuntaria. Alguna pulsión por conservar el efectivo, tal vez, la hizo decidir.

Mientras que narcotraficantes y corruptos por millones montan complejas redes para blanquear el dinero producto de sus actividades ilegales, para ponerlo de nuevo en el sistema y utilizarlo en el pago de sus tarjetas de crédito, mientras eso pasa, la víctima de una salidera por lo general realiza el camino inverso. La lectura del hampa parece mucho más lúcida. Comprende ese movimiento y va por quien entra en su territorio. Ataca entonces a esos sectores de la clase media que intentan esquivar al Estado cuando les conviene, pero al que le reclaman una utópica seguridad cuando las cosas salen mal.

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Códigos

Gran parte del trabajo del periodista descansa sobre la confianza. La relación con las fuentes muchas veces depende de un vínculo, en ocasiones fugaz, que haga posible el intercambio de información. Para lograr un dato hay que convencer a quien lo posee de que somos confiables, de que lo merecemos, de que eso que sabe puede decírnoslo y que, si nos lo pide, no vamos a publicar su identidad o siquiera aquello que nos confió. En primera instancia, las declaraciones en off the record no deberían publicarse. Sin embargo, se construyen notas enteras y tapas de diarios con información que nadie es capaz de atribuirse. Cuando el off the record se publica olvidando su origen, cuando junto a las declaraciones aparece la identidad de su autor, entonces lo que se pone en riesgo es el propio oficio. Si la confianza en los medios es escasa, ¿cuánto de ella queda después de ese acto? ¿Quién querría dar información sabiendo que puede ser traicionado?

La revista Noticias incluyó la semana pasada una entrevista al ex secretario de Transporte Ricardo Jaime. El tapa vende «Habla Jaime: ‘Sigo viendo a Kirchner'». Las condiciones en las que «habló» el ex funcionario quedan claras a partir de su penúltima respuesta, que la revista publica sin pudor:

(…) No voy a hacer ningún comentario más porque evidentemente no manejamos los mismos códigos, no quiero que ponga cosas mías, póngalo en boca suya. Jaime no dio un reportaje a la revista Noticias. Que quede bien claro: el ingeniero Ricardo Jaime no ha dado ninguna nota.
Noticias: Jaime, usted podría no haberme contestado nada, o aclarar de antemano que lo que me decía no se podría publicar.
Jaime: Le repito, de los temas judiciales no hablo y esto sí póngalo en boca mía. De los temas judiciales no hablo porque respeto los tiempos de la Justicia.

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Alucinaciones

Apenas llegados, vinculados por esa pasión poderosa, ya muchos de los periodistas se desprecian entre sí en un tiempo de extensión imprevisible —un mes, un año, cinco años— la mayoría odiará a casi cada uno de los otros y habrá construido su red de supervivencia en un universo competitivo, cruel y más de una vez degradante. Pero al comienzo, ¡ah, al comienzo!, todos sueñan que esa vez sí, esa vez se podrá; que con Fulano y Mengano y Zutano se podrá; que ese equipo impar encontrará el modo de hacer equilibrio entre los intereses de la empresa y la función social del periodismo; que allí el talento podrá lucirse y construir autores; que allí habrá libertad para decir dos o tres verdades, para escribir extensas piezas de periodismo narrativo; que allí se conformará una comunidad con los lectores que, caramba, podría cambiar el curso de la historia. Y otras alucinaciones por el estilo.

Noticias de los Montoneros, Gabriela Esquivada, página 138

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Los medios, duros

En la tarde de ayer la Policía Bonaerense decía haber dado un paso más en lo que el gobernador de la provincia, Daniel Scioli, llama la guerra contra el narcotráfico. Según informaba la propia fuerza y reproducían los medios, en Villa Gesell habían sido detenidos cuatro delincuentes que se dedicaban al robo de casas y a los que se les secuestraron armas, celulares, dinero y 85 tizas, por un total de 850 gramos, de brolanfetamina. Las imágenes de los detenidos y del material incautado comenzaron circular en los canales de noticias bajo el título de “una nueva droga llega a la Costa”.

Si el incidente del Grog XD en C5N había generado risa fue porque se trataba de un absurdo. Nadie que lo pensara apenas unos segundos podía creer cierto que se preparara un trago utilizando querosene y ácido sulfúrico como ingredientes. Sin embargo, el canal emitía esa receta como una verdad. Esta vez la desinformación era más sutil.

Eduardo Feinmann presentó el secuestro de brolanfetamina (DOB) como el de una “nueva y peligrosa” droga sintética. “La nueva droga del verano”, titularon en el noticiero de América TV. Se repetía que se trata de una droga parecida al cristal met (sic.) o que venía a reemplazarla. Se recurrió a uno de sus nombres de fantasía, la pastilla del miedo, y enseguida se hizo la relación con la efedrina que pasó de los antigripales a la fama luego de que se desbaratara un laboratorio en Ingeniero Maschwitz. También se dijo que la dosis, una medida vaga, se vendía en la costa a 300 pesos y que es un poderoso alucinógeno. La seriedad y la alarma impostadas para hablar del tema trataban de convencer sobre la veracidad de cada palabra.

Como apoyo, en C5N entrevistaban a Marcelo Peretta, secretario del Colegio de Farmacéuticos de la Capital Federal y director de la Escuela de Farmacia y Bioquímica de la Universidad Maimónides. Peretta, fuente consultada con asiduidad por los medios, explicaba los efectos de las anfetaminas. Feinmann, en un intento por demostrar su grado de información sobre el tema le dijo que había leído en un documento del gobierno mexicano que la brolanfetamina y el clorhidrato de brolanfetamina estaban relacionados con el LSD y el MDMA, conocido como éxtasis. “¿Esto es así?”, preguntó.

—Por supuesto —contestó Peretta, sin explicar cuál es esa relación.

Lo que Feinmann había visto en Internet es en realidad un instructivo de la aduana de México en el que se explica qué cosas puede ingresar un pasajero a ese país. Allí se incluye un listado de las “sustancias consideradas psicotrópicas” y en el que la única relación que hay entre esas drogas es espacial y casual. La lista está confeccionada por orden alfabético y en dos columnas, sólo el azar quiso que la brolanfetamina quede a la izquierda del LSD y el clorhidrato de brolanfetamina, junto al MDMA. La confusión es fácil, pero puede evitarse si además de buscar en la Red se leen los resultados.

Tampoco es, como se difundió con faltas de ortografía, crystal meth o cristal de metanfetamina, una droga de producción más sencilla y de un consumo diferente al del MDMA. La famosa causa de la efedrina había hecho hablar a los medios sobre esta sustancia, bastante difundida en Estados Unidos y Europa y, en menor medida, en México. La efedrina es un precursor utilizado para su producción y que hasta el incremento de los controles gubernamentales era bastante más fácil de conseguir en la Argentina que en Estados Unidos, donde por ese motivo su valor es mucho más elevado. El retrato de ese mercado puede encontrarse mejor expresado en obras de ficción como la genial serie de televisión Breaking Bad antes que en los medios nacionales.

La brolanfetamina y el éxtasis, en ciertas circunstancias, pueden compartir alguno de sus efectos, pero no mucho más. Aunque se trata de compuestos bien diferentes, la primera es usada en ocasiones para adulterar a la segunda o es directamente vendida como si lo fuera. Ese engaño implica un riesgo para el consumidor: mientras que el efecto del éxtasis se manifiesta entre 20 y 60 minutos luego de su consumo, la brolanfetamina demora unas 3 horas, lo que puede llevar a una innecesaria y riesgosa repetición de la dosis.

El Servicio de Información sobre Sustancias Psicoactivas de la Universidad Federal de Ciencias de la Salud de Puerto Alegre (PDF) sostiene que “muchos problemas relacionados al abuso de sustancias psicoactivas podrían evitarse si las personas se informaran”. Desde el organismo se señala que la dosis considerada normal de la brolanfetemina, que comienza en 1 miligramo y llega a 3 en los usuarios crónicos, tiene un efecto que se prolonga entre 8 y 24 horas. Su consumo produce sensación de bienestar, incremento de la energía, de la actividad visual y auditiva, y mejora la percepción de colores y texturas. Dosis mayores pueden provocar calambres, alucinaciones, pérdida de la memoria y comportamiento irracional y violento. Mientras que una sobredosis puede derivar en convulsiones, espasmos vasculares, vómito y diarrea.

A pesar de que se trata de una droga poco habitual, no es nueva: fue sintetizada por primera vez 1967. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), dependiente de la ONU, ubicó en su Convenio de 1971 a la brolanfetamina en la Lista I de sustancias. Eso significa que los países que adhieren a la convención “prohibirán todo uso, excepto el que con fines científicos y fines médicos muy limitados hagan personas debidamente autorizadas en establecimientos médicos o científicos que estén bajo la fiscalización directa de sus gobiernos o expresamente aprobados por ellos ”, entre otras limitaciones.

Los registros oficiales de la JIFE detallan(PDF) que entre 1997 y 2001 sólo Australia había comunicado la existencia de unos pocos gramos de brolanfetamina, mientras que para 2008(PDF) era Estados Unidos el único que informaba la existencia de 30 gramos en manos de sus fabricantes. Sí, es cierto que se trata de algo prohibido, lo que hace pensar que su información no es algo común. Sin embargo, los mismos datos indican que había registrado un stock de 558 gramos de MDMA en EE.UU. y otros 99 que se repartían entre Irlanda, Suiza e Israel.

En los medios también parecía excesivo el precio que se le adjudicaba al “nuevo peligro para los jóvenes”: “Pagan 300 pesos por dosis”, se repetía. Nadie explicaba cómo se llegaba al cálculo tratándose de una “droga nueva”, al menos en el mercado de la Costa Atlántica. Una rápida búsqueda alcanza para poner en duda el dato: una sustancia más demandada, como el éxtasis, tiene un valor de unos 50 pesos, según coinciden datos de decomisos previos y fuentes consultadas, también con rapidez, vía Twitter, que aseguran que la inflación no golpeó fuerte en ese rubro. Una sustancia con menos demanda y que en ocasiones se usa para adulterar el MDMA no debería ser más costosa. En todo caso, la policía logró más de lo que se puede esperar de los medios: les hizo un favor a quienes iban a ir en busca de un bicho y podían caer en la brolanfetamina, con lo que evitan riesgos para su salud y su billetera.

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Burradas

Tres burradas escuchadas y leídas en un día de ligero consumo de medios.

  1. En América 24, Toti «la tenés adentro» Pasman dijo que «el partido se jugará a las 19.10 de la tarde». Porque a las 19.10 de la mañana es un horario inhumano para la práctica deportiva.
  2. El mismo canal pasaba un informe sobre la mujer asesinada en un intento por robarle su auto. El título fue: «Otra mujer fusilada por el auto». En fin, la vieja historia del hombre contra la máquina. Supongo.
  3. Y la nota más importante de Crítica, el título principal de su portada de ayer, incluye un párrafo antológico:
    La cifra, entre otros datos que arroja el informe, configura el primer pantallazo total realizado por la comuna para multiplicar la prevención del dengue en Buenos Aires y evitar, de antemano, un escenario peor que el ocurrido durante el último verano, cuando la ciudad llegó a tener 231 casos confirmados de dengue, un total inédito en la historia reciente de Buenos Aires y un llamado de atención para el próximo período estival.
    Lo de «evitar, de antemano» es algo que suma. No es lo mismo evitar algo cuando ya ocurrió que evitarlo de antemano, es sabido. Si bien eso es un detalle destacable, el resto de la construcción cuenta con un barroquismo, una complejidad, un… un algo que lo hace casi una obra para pocos, críptica, al límite del idioma.

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Incomprensible

Una mesa, una cena y cinco periodistas que trabajaron o trabajan en la Web. Dato tal vez inútil: cuatro tienen cuenta en Facebook y tres, en  Twitter. Cuando se habló de trabajo, no de la gente del trabajo, el clima era de incertidumbre, de expectativas moderadamente angustiantes. Ligero y superficial apareció el debate sobre si deberían cobrarse o no los contendidos en medios digitales y acerca de qué es un medio exitoso en Internet. La conclusión es que es muy pronto para llegar a alguna. Eso  y el desaliento que produce el futuro del oficio a partir de su desesperanzador presente. La comida termina, quedan colegas y amigos. A la vuelta, cuando el martes empezaba a asomarse, en un colectivo alguien leía con fruición el Clarín del lunes, que lleva como título principal una información conocida más de un día atrás y que en la sección Negocios tiene un título incomprensible.

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Edición fotográfica

Las fotografías de la prensa diaria forman parte del álbum de familia de una sociedad. Al repasarlas, nos reconocemos en ellas y hacemos comentarios semejantes a los que se efectúan frente a las páginas del álbum familiar. (…) La única diferencia entre el álbum colectivo y el familiar es que en el colectivo sí aparecen los sucesos desagradables. Es más, con frecuencia, se prefieren a los felices.

Pero entre las semejanzas, quizá la más inquietante es la constatación de que tanto las fotografías privadas como las colectivas nos miran. Nos mira desde el álbum familiar el hermano de papá que se colgó de una viga, y nos mira desde la página del periódico el político que acaba de ganar o de perder las elecciones. Las fotografías que quedan en la memoria colectiva se incorporan a ese álbum familiar intangible que cuenta la historia de un país o de una época.

Juan José Millás, Todo son preguntas

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Distorsionar y estigmatizar

Hoy llegamos al punto en que abrís cualquiera de los dos grandes diarios nacionales y hablan de lo que pasó en Cutral-Có como si allí hubieran estado los piqueteros auténticos. Lo hacen a través de reportajes en los que se ubica a una figura que participó de aquel movimiento –pasa en la televisión también– preguntándole qué opina de D’Elía, qué opina de Pérsico, para que los deslegitime, para hacer la distinción entre piqueteros auténticos y los otros, o para quitarles ese nivel de autenticidad a los movimientos piqueteros. Porque ése es el objetivo de fondo, distorsionar lo que es un movimiento social. Que a la vez es muy heterogéneo y nunca tuvo una relación fácil con el resto de la sociedad.

(…)

Sí, pero los medios de comunicación adoptan un discurso que convoca e impulsa a la criminalización. Porque lo que hacen es, primero, reducir y simplificar la protesta, desdibujar la demanda de derechos y caracterizar como ilegal a la misma. Favorecen la judicialización del conflicto, los propios medios, sobre todo los televisivos, cada vez que enfocan una protesta lo primero que hacen es asociarla con el caos y establecer una jerarquía de derechos que pone sobre todas las cosas la garantía de circulación y no el derecho a tener derecho. Entonces sí es estigmatización mediática y social pero el camino de la judicialización está ahí nomás. Abre el camino a la criminalización y lo impulsa.

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Occiso

Uno cree que no, que eso no puede pasar. Se convence de que es imposible. Y sin embargo. Porque por lo general las gacetillas, sobre todo las que suele enviar la policía –porque la policía envía gacetillas–, están tan mal escritas que nadie con dos neuronas más o menos vivas, piensa uno, puede ser capaz de publicarlas tal cual llegan a una redacción, idénticas, copiando y pegando el mail que mandó con tanta amabilidad el comisario. No, nadie lo haría. Sospecha uno, ingenuo, que en el peor de los casos se la pica un poco, se la emprolija. No hablemos ya de chequearla, no: que el tiempo no alcanza, que hay mucho laburo y otros etcéteras aparecen como escusas blindadas. Pero sí es posible sacarle los modismos, la jerga, el nombre del comisario mayor que a nadie importa, eliminar ese “occiso”, recordar que son todos inocentes hasta que se demuestre lo contrario y que por ahora la policía no puede juzgar. Cambiar “efectivos de la comisaría tal en un importante operativo a cargo del comisario fulano logró apresar a una peligrosa banda dedicada al escruche en la zona comercial de Caballito”, por algo más cercano a “una banda acusada de robar comercios fue detenida en el barrio de Caballito”, por ejemplo. Eso es lo mínimo que se puede hacer, tarea básica de un periodista, los primeros ejercicios de cualquier estudiante del oficio. Cree uno que ningún redactor, jamás un editor, limitaría su trabajo a utilizar las combinaciones Ctrl+c y Ctrl+v, del mail al procesador de textos. Y sin embargo.

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Algo que parece ser una gripe

The New York Times recortará un 8 por ciento de su redacción, que equivale a 100 puestos de trabajo, de aquí hasta fin de año. El editor ejecutivo, Bill Keller, decidió comunicar la noticia con una carta a sus periodistas que comienza más o menos así:

Había planeado invitarlos a la redacción para darles la noticia en persona hoy, pero he sido afectado por algo que parece ser una gripe. Aunque creo fuertemente que las malas noticias deben ser dadas en persona, no quiero sumar un insulto al daño esparciendo la enfermedad.

Después sigue la explicación del porqué, la oferta de retiros voluntarios para todos y la afirmación de que el Times es —esto no lo dijo nunca ningún empleador— una familia. Y a tal punto tiene Keller ese sentimiento, que no quiere contagiarles el resfrío. Un tipo sensible.

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