Archivo mensual: junio 2010

Nazis y libros

El gordo nazi de Parque Rivadavia no es sólo un personaje de la revista Barcelona. Existe, es real, tiene un puesto de libros y desde hace tiempo incursiona en el comercio electrónico. El problema es que de algún modo rompe los límites del estereotipo, porque además de textos y memorabilia del Tercer Reich ofrece literatura e, incluso, a precios atractivos.

Después del click satisfecho en el botón de comprar, MercadoLibre manda un mail informando que detrás de ese nombre de usuario que, ahora lo sabemos, tiene reminiscencias alemanas, se encuentra el tipo que alguna vez fue un cercano colaborador de Alejandro Biondini. La ignorancia continuaría si no recordáramos una cantidad excesiva de datos que en primera instancia parecen inútiles. Pero no, lo sabemos. Leímos su nombre alguna vez y hasta lo vimos marchar con un puñado de sus camaradas hacia plaza San Martín para recordar a las «víctimas del terrorismo subversivo». Leímos su nombre, vimos su foto en alguna nota del nunca bien ponderado Tuni Kollmann, que hasta escribió un libro sobre estos neonazis del subsedesarrollo. Con esa obra se ganó, además del elogio de Zaffaroni, un prolijo grafiti en la estación de Banfield: «Kollmann tragaleche», se leía hasta que la obra pública kirchnerista de bajo impacto lo tapó con pintura blanca.

No fui yo el que recibió el nombre. Pero vi ese mail de casualidad y quise saber. Y sí, el libro –no recuerdo el título– debía ser retirado en Parque Rivadavia, entre gatos panzones y señores que intercambian estampillas. Hice, también, la pregunta estúpida cuando supe que la compra se concretó. «¿Y, qué tal?» Nada. Era un gordo pelado entregando un libro y diciendo buenas tardes. Ni el tiempo era el suficiente ni el lugar el correcto para demostrar el odio que, se supone, sentía hacia su comprador a partir del momento en el que le conoció el apellido que a él, perspicaz para esas cosas, informado después de tanto preguntar en un ejercicio policíaco sobre la genealogía de los demás, le revelaba una historia, una pertenencia. En ese contexto es un vendedor correcto, atento a las calificaciones de sus compradores y preocupado por cuidar su fuente de ingresos. No queda para nada bien una calificación que diga «el libro estaba en buen estado, pero el vendedor me dijo que a Hitler se le escaparon unos cuantos».

El problema aparece ahora que ya sabemos. Porque encontramos ese libro que queremos leer y que es más caro de lo quisiéramos, pero que ahí, usado, es barato, posible. Al hallazgo le sigue el click en el vendedor para averiguar si es confiable y entonces aparece el nombre de usuario con reminiscencias alemanas. Dudamos. No está claro por qué, pero dudamos. La duda de la duda. En lugar de comprar lo dejamos «en seguimiento», lo controlamos, creamos una angustia, un problema. El chiste antisemita o judío, todo depende, puede decir que el libro es una oferta caza moishes. El gordo nazi lo hace adrede. Como fuere, la compra del libro lleva ya tres meses en suspenso. Cada dos o tres días volvemos a revisar que siga ahí. Decimos que no estamos seguros, nos preguntamos si está bien comprárselo a él. Todavía no hay una definición, no se sabe. Y sin embargo, a veces aparece una solución: clickear, comprar, ir al parque y pedir también un ejemplar de Mein Kampf para hacer un regalo, como los que se venden en el subte, pero con linda encuadernación.

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