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Paco (un informe inédito, hasta ahora)

Hace poco más de dos años me encargaron un informe sobre el consumo de pasta base de cocaína, conocida como paco, en la ciudad de Buenos Aires y alrededores. Por motivos que en rigor desconozco, aunque deben ser de una intrascendencia soberbia, el texto, que según mis editores estaba muy bien, jamás se publicó. Muy tarde, lo subo aquí con la esperanza de que alguien  le dedique al menos una mirada.

“Esto no es un problema de drogas”, sentencia Gustavo Barreiro, uno de los encargados del Centro San Alberto Hurtado, en Barracas, que asiste a jóvenes con consumo problemático de paco de las villas 21-24 y Zabaleta. Acaba de entrar y de saludar con besos, abrazos y “hermanitos” a cuatro chicos, dos chicas y al bebé de una de ellas. Los seis son algunos de los que intentan alejarse de lo que para ellos se volvió adicción. Pero Gustavo insiste con la premisa que le transmitió el padre Pepe di Paola cuando lo convocó para la tarea. “Esto no es un problema de drogas”, le confió. Y así comenzaron a desarrollar tareas comunitarias para frenar lo que la aparición del paco estaba agudizando y sacando a la luz como nunca antes. La rápida expansión de la sustancia se había iniciado con el estertor final de los noventa que fue la crisis de 2001-2002 y la devaluación que le siguió. Las políticas de drogas no ofrecieron resistencia y apenas si lo hizo el sistema de salud. Los últimos años de crecimiento económico tampoco aplacaron el fenómeno: en 2008 dos de cada tres personas que llegaron en busca de tratamientos contra las adicciones a entes dependientes del Ministerio de Desarrollo Social porteño afirmaban que el paco había sido la droga que más daño les había causado. Sigue leyendo

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La ley

Ser usuario de drogas es estar fuera de la sociedad. O, peor aún, es estar contra la sociedad. Es representar un peligro potencial, una fuente de temor y riesgo para los demás que debe ser acotada, controlada, encerrada, vigilada, readaptada si es posible. Si se es usuario de drogas, el ordenamiento jurídico actual, el régimen de la aún vigente ley 23.737, ofrece dos caminos con destinos apenas divergentes y que tienen las restricciones a la libertad como elemento común: se es delincuente o se es enfermo.

Pero ya iniciado un proceso judicial, ya puesta a funcionar la maquinaria jurídica y represiva, la diferencia entre ser declarado enfermo o delincuente no es menor. No es igual un tratamiento de “rehabilitación para adictos” que los métodos de los agentes penitenciarios de cualquier cárcel del país.

Y entonces el problema es que la Ley de Drogas, aplicada durante las últimas dos décadas, no establece siquiera criterios claros para determinar de qué lado se está de la fina línea que separa las figuras de la tenencia simple y la tenencia para consumo. Así, a la ominosa legislación se le suma la arbitrariedad de los jueces que deben decidir sobre qué tipo de inadaptado es el acusado.

En ese momento del proceso la ley se hace a un lado para dar paso a representaciones de la medicina, la psiquiatría y el sentido común que se ponen en juego para definir al acusado y argumentar esa definición. Familiares, amigos, testigos son escuchados para que un tribunal pueda establecer qué clase de peligro representa el sospechoso, de qué forma habrá que encerrarlo.

La antropóloga Florencia Corbelle, autora de La construcción del consumidor de drogas en el proceso judicial, explica que así “la mirada se posa no sobre lo que se hizo, no sobre el acto, sino sobre el actor, sobre la persona, y no sobre lo que pasó, sobre la acción realizada, sino sobre lo que es capaz de hacer el imputado”.

Si el juez considera que la acción juzgada fue realizada por alguien que no sufre desórdenes psicológicos ni muestra ningún indicio de adicción, entonces es alguien que actuó de modo plenamente racional, consciente de sus actos, con libertad y de forma autónoma y, por lo tanto, se trata de un delincuente. Por el contrario, los adictos son considerados dependientes, sin dominio de sí, incapaces de construir un proyecto de vida, irracionales y carentes de capacidad de elección. Son, en definitiva, considerados no-personas y, de ese modo, aparece la dimensión social de la adicción como enfermedad. En cualquier caso, delincuente o enfermo, las dos únicas opciones planteadas por la ley, deben ser castigados y apartados de la sociedad por peligrosos.

Las falsas alternativas planteadas por la 23.737 desde 1989 no llegaron de la nada. El contexto en el que esa legislación salió del Congreso estuvo marcado por la Convención de la ONU contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes, que en 1988 comprometió a los países que la firmaron a establecer como delito la posesión, compra o cultivo de drogas controladas para fines de consumo personal. Y antes estuvo signado por la “guerra contra las drogas” iniciada en 1986 por el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan, que montó sus políticas antidrogas sobre el pánico generado por la aparición del crack: una nueva forma de la cocaína que se expandió muy rápido y que con la invalorable ayuda de los medios de comunicación hizo creer que era capaz de derruir los cimientos de la sociedad norteamericana.

Pero ese marco no siempre fue igual. En 1986 la ilusión de una ley sobre drogas que no persiguiera a los consumidores fue más real que nunca. El Senado aprobó en general un proyecto que no castigaba a los usuarios, no aplicaba medidas curativas sin consentimiento previo, contemplaba penas graduadas en función de la cantidad de droga traficada y no consideraba delitos la tenencia, el cultivo, la siembra y el transporte cuando fueran llevados a cabo por consumidores. El sueño duró apenas una semana, hasta que los legisladores trataron los artículos en particular y desvirtuaron por completo el proyecto. Algunos nombres de aquella vez aún perduran: el juez de la Corte Raúl Zaffaroni fue uno de los asesores para la elaboración del texto, mientras que los ex presidentes Carlos Menem y Fernando de la Rúa fueron dos de los más fuertes opositores a su aprobación.

En esa oportunidad, la ley estuvo muy cerca de coincidir con los veredictos despenalizadores que florecían en distintos tribunales de primera instancia y con el fallo Bazterrica de la Corte que consideró inconstitucional penar la tenencia para consumo personal. Aquella vez no sucedió, pero aún puede ocurrir.

Este texto fue publicado en la edición especial “Derechos Humanos y despenalización” de la revista THC

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Todo software es político

En la medida en que [con el software libre] estás apostando por una visión del mundo diferente de la que te plantean las empresas de software privativo, hay una forma de pensar la cultura. Si pensás que la cultura es un producto colectivo, que el conocimiento se nutre compartiendo, que compartir es un bien mayor para la sociedad que impedir el acceso al conocimiento, que el derecho a leer, aprender, estudiar es válido por encima del derecho de una corporación a mantener su conocimiento oculto, entonces estás optando por una visión del mundo. Si esta es tu visión del mundo, el software libre es tu amigo.

Eso, entre otras cosas, dijo Beatriz Busaniche, de Vía Libre, en una entrevista que iba a publicar primero acá pero que, gracias a Miguel Graziano (No publicable), Twitter y las casualidades, salió ayer en el diario platense Diagonales y puede leerse en este link.

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Gato encerrado

Nota publicada en la revista THC de abril de 2009

A veces, en la Villa 21-24 de Barracas, quienes se acercan a la parroquia Nuestra Señora de Caacupé van en busca de bastante poco. Ana, por ejemplo, fue porque quería tomar un mate cocido. A media mañana ya se había terminado. “Se nos secó el río”, avisaban en la puerta. Pero se fue con algo más. Tras una charla con el padre Juan Isasmendi, salió con la cara cubierta de lágrimas y el compromiso de volver para sumarse a uno de los grupos terapéuticos que asisten a consumidores de paco. No fue necesario obligarla.

Pero la decisión no siempre es la misma. Así lo evidencia el caso de uno de los chicos de la ranchada que hay al fondo de la villa. Se acercó a la parroquia con una mochila colgada del pecho, una campera que le caía sobre la espalda desde la cabeza y un cigarrillo entre los labios. A falta de mate cocido, rescató un sandwich, un caramelo y encaró para el lado de la avenida Zavaleta a buscar al resto de los pibes. Lo dice el padre Juan: “Cada uno tiene una manera única de salir y hay que respetarla”. Sigue leyendo

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Los medios, duros

En la tarde de ayer la Policía Bonaerense decía haber dado un paso más en lo que el gobernador de la provincia, Daniel Scioli, llama la guerra contra el narcotráfico. Según informaba la propia fuerza y reproducían los medios, en Villa Gesell habían sido detenidos cuatro delincuentes que se dedicaban al robo de casas y a los que se les secuestraron armas, celulares, dinero y 85 tizas, por un total de 850 gramos, de brolanfetamina. Las imágenes de los detenidos y del material incautado comenzaron circular en los canales de noticias bajo el título de “una nueva droga llega a la Costa”.

Si el incidente del Grog XD en C5N había generado risa fue porque se trataba de un absurdo. Nadie que lo pensara apenas unos segundos podía creer cierto que se preparara un trago utilizando querosene y ácido sulfúrico como ingredientes. Sin embargo, el canal emitía esa receta como una verdad. Esta vez la desinformación era más sutil.

Eduardo Feinmann presentó el secuestro de brolanfetamina (DOB) como el de una “nueva y peligrosa” droga sintética. “La nueva droga del verano”, titularon en el noticiero de América TV. Se repetía que se trata de una droga parecida al cristal met (sic.) o que venía a reemplazarla. Se recurrió a uno de sus nombres de fantasía, la pastilla del miedo, y enseguida se hizo la relación con la efedrina que pasó de los antigripales a la fama luego de que se desbaratara un laboratorio en Ingeniero Maschwitz. También se dijo que la dosis, una medida vaga, se vendía en la costa a 300 pesos y que es un poderoso alucinógeno. La seriedad y la alarma impostadas para hablar del tema trataban de convencer sobre la veracidad de cada palabra.

Como apoyo, en C5N entrevistaban a Marcelo Peretta, secretario del Colegio de Farmacéuticos de la Capital Federal y director de la Escuela de Farmacia y Bioquímica de la Universidad Maimónides. Peretta, fuente consultada con asiduidad por los medios, explicaba los efectos de las anfetaminas. Feinmann, en un intento por demostrar su grado de información sobre el tema le dijo que había leído en un documento del gobierno mexicano que la brolanfetamina y el clorhidrato de brolanfetamina estaban relacionados con el LSD y el MDMA, conocido como éxtasis. “¿Esto es así?”, preguntó.

—Por supuesto —contestó Peretta, sin explicar cuál es esa relación.

Lo que Feinmann había visto en Internet es en realidad un instructivo de la aduana de México en el que se explica qué cosas puede ingresar un pasajero a ese país. Allí se incluye un listado de las “sustancias consideradas psicotrópicas” y en el que la única relación que hay entre esas drogas es espacial y casual. La lista está confeccionada por orden alfabético y en dos columnas, sólo el azar quiso que la brolanfetamina quede a la izquierda del LSD y el clorhidrato de brolanfetamina, junto al MDMA. La confusión es fácil, pero puede evitarse si además de buscar en la Red se leen los resultados.

Tampoco es, como se difundió con faltas de ortografía, crystal meth o cristal de metanfetamina, una droga de producción más sencilla y de un consumo diferente al del MDMA. La famosa causa de la efedrina había hecho hablar a los medios sobre esta sustancia, bastante difundida en Estados Unidos y Europa y, en menor medida, en México. La efedrina es un precursor utilizado para su producción y que hasta el incremento de los controles gubernamentales era bastante más fácil de conseguir en la Argentina que en Estados Unidos, donde por ese motivo su valor es mucho más elevado. El retrato de ese mercado puede encontrarse mejor expresado en obras de ficción como la genial serie de televisión Breaking Bad antes que en los medios nacionales.

La brolanfetamina y el éxtasis, en ciertas circunstancias, pueden compartir alguno de sus efectos, pero no mucho más. Aunque se trata de compuestos bien diferentes, la primera es usada en ocasiones para adulterar a la segunda o es directamente vendida como si lo fuera. Ese engaño implica un riesgo para el consumidor: mientras que el efecto del éxtasis se manifiesta entre 20 y 60 minutos luego de su consumo, la brolanfetamina demora unas 3 horas, lo que puede llevar a una innecesaria y riesgosa repetición de la dosis.

El Servicio de Información sobre Sustancias Psicoactivas de la Universidad Federal de Ciencias de la Salud de Puerto Alegre (PDF) sostiene que “muchos problemas relacionados al abuso de sustancias psicoactivas podrían evitarse si las personas se informaran”. Desde el organismo se señala que la dosis considerada normal de la brolanfetemina, que comienza en 1 miligramo y llega a 3 en los usuarios crónicos, tiene un efecto que se prolonga entre 8 y 24 horas. Su consumo produce sensación de bienestar, incremento de la energía, de la actividad visual y auditiva, y mejora la percepción de colores y texturas. Dosis mayores pueden provocar calambres, alucinaciones, pérdida de la memoria y comportamiento irracional y violento. Mientras que una sobredosis puede derivar en convulsiones, espasmos vasculares, vómito y diarrea.

A pesar de que se trata de una droga poco habitual, no es nueva: fue sintetizada por primera vez 1967. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), dependiente de la ONU, ubicó en su Convenio de 1971 a la brolanfetamina en la Lista I de sustancias. Eso significa que los países que adhieren a la convención “prohibirán todo uso, excepto el que con fines científicos y fines médicos muy limitados hagan personas debidamente autorizadas en establecimientos médicos o científicos que estén bajo la fiscalización directa de sus gobiernos o expresamente aprobados por ellos ”, entre otras limitaciones.

Los registros oficiales de la JIFE detallan(PDF) que entre 1997 y 2001 sólo Australia había comunicado la existencia de unos pocos gramos de brolanfetamina, mientras que para 2008(PDF) era Estados Unidos el único que informaba la existencia de 30 gramos en manos de sus fabricantes. Sí, es cierto que se trata de algo prohibido, lo que hace pensar que su información no es algo común. Sin embargo, los mismos datos indican que había registrado un stock de 558 gramos de MDMA en EE.UU. y otros 99 que se repartían entre Irlanda, Suiza e Israel.

En los medios también parecía excesivo el precio que se le adjudicaba al “nuevo peligro para los jóvenes”: “Pagan 300 pesos por dosis”, se repetía. Nadie explicaba cómo se llegaba al cálculo tratándose de una “droga nueva”, al menos en el mercado de la Costa Atlántica. Una rápida búsqueda alcanza para poner en duda el dato: una sustancia más demandada, como el éxtasis, tiene un valor de unos 50 pesos, según coinciden datos de decomisos previos y fuentes consultadas, también con rapidez, vía Twitter, que aseguran que la inflación no golpeó fuerte en ese rubro. Una sustancia con menos demanda y que en ocasiones se usa para adulterar el MDMA no debería ser más costosa. En todo caso, la policía logró más de lo que se puede esperar de los medios: les hizo un favor a quienes iban a ir en busca de un bicho y podían caer en la brolanfetamina, con lo que evitan riesgos para su salud y su billetera.

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Desmonte

Nota publicada en la edición 14 de la revista THC

F. sabía que asumía un riesgo. Lo supo cuando hace poco más de un año decidió aprovechar la independencia de la casa materna para dejar de fumar paraguayo y empezar a cultivar sus propias plantas. El comienzo fue como un juego, probar con unas semillas para ver si era posible, ver qué salía. Pero la real dimensión del riesgo que implicaba, dice él, se le apareció recién un viernes de principios de febrero pasado. Fue cuando salió a estudiar al balcón del quinto piso que alquila y notó que desde la terraza de arriba lo miraba el encargado del edificio acompañado de cuatro policías de la Federal. “¿Vos sos F.? Quedate ahí”, le ordenaron, mientras uno de los uniformados le sacaba fotos a sus seis macetas con un celular. Sigue leyendo

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Narices sangrantes

Nota publicada en la revista THC

Fue cuestión de prender la tele a la hora en la que en alguna época sólo se veían dibujos animados. Allí estaban en el aire las imágenes de Moria Casán en un consultorio médico. Con dificultad mantenía la pretensión de glamour sin dejar caer a su chihuahua Cristóbal del regazo mientras un doctor la preparaba para introducirle una sonda con una cámara en la nariz. “Esto se podría haber hecho aquí, en vivo, y Moria decidió, con todo el derecho del mundo, hacerlo en forma privada”, aclaraba Jorge Rial. El conductor de Intrusos parecía lamentar que la sex simbol de los setenta aceptó mostrar las fotos pero no el video. Se perdía la posibilidad de presentar “el cuerpo de una diva visto por dentro”. Lo que le estaban haciendo era una rinoendoscopía, el “desafío” que había aceptado para demostrar que ella, Ana María Casanova, no consume cocaína por la nariz. No es que alguien hubiese dicho lo contrario. Pero otro experimentado del ambiente del espectáculo como Antonio Gasalla lo habría dado a entender como parte de una cadena de malos entendidos, acusaciones y peleas que llevaron el tema del consumo de drogas al centro de la farándula.

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