Ya no sos

Un vaso de café de la máquina, de la que tenía fichas gratis, le servía para tragar dos cafiaspirinas. Ese era su desayuno cuando lo conocí. Así se mantenía despierto durante seis horas más después de haber terminado el turno de la noche en la taquería. Entraba al banco que debía custodiar por una puerta lateral, paraba en la máquina para sacar el café, se lo tomaba y se metía en el baño para mojarse la cara y el pelo.

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No llegaba a los 25 años y era agente de la Federal. No recuerdo su nombre. Creo que nunca me lo dijo, aunque más de una vez tuve que haberle leído el apellido de la identificación que llevaba en el uniforme. Sí recuerdo el nombre de otro: conocer muchos policías es la rara ventaja de trabajar frente a un banco. Era un morocho de metro sesenta y cinco que de todos modos había sido aceptado en la Guardia de Infantería, donde cumplía turnos de veinticuatro horas, a veces encerrado en un micro, para juntar bronca que descargaba a palazos. Los padres le habían puesto Jesús María, pero no se le dio por la piedad: me contaba con orgullo cómo «los zurdos» le tiraban piedras en las manifestaciones. No sé por qué, pero a ese cabo parecía gustarle lo que hacía y se ponía a hablar de eso. Una vez, entusiasmado con lo que contaba, le sacó el cargador a la nueve y lo vacío en el mostrador para dejar claro que las balas no tenían las puntas huecas.

El agente, en cambio, no se llevaba bien con el uniforme. Había entrado a la Federal siguiendo por accidente los pasos de su padre. Fue el contradictorio resultado de su rebeldía adolescente. Rechazó la posibilidad de «hacer algo», lo que fuera, después del secundario, harto de la escuela técnica. Pero en realidad se negó a elegir entre algunas de las pocas posibilidades que tenía y terminó cuidando los bienes de los demás.

Era imposible adivinarlo cuando se lo veía con el uniforme, pero el agente escuchaba heavy metal. Si me enteré fue porque en esa época mi hermano tenía el mismo gusto musical y una de las remeras que usaba era la del disco «Hay un lugar», de O’Connor. Cuando se la vio puesta, no pudo contenerse. Le contó que la casa esa que aparece en el fondo, desde donde corren los dos chicos, queda en Llavallol y que más de una vez la había visitado con los amigos porque ahí vivía el cantante de la banda y él es de muy cerca, de Guillón. Contó que siempre vivió ahí y que ahora en un terreno que le compró el padre en la zona estaba estaba construyendo para mudarse con su esposa y su hijo.

Un par de días atrás lo volví a ver, me lo crucé en el Roca. No me reconoció. Los dos íbamos al sur. Él, en un asiento individual, abrazando una mochila que llevaba en el regazo. Se lo veía más gordo, tenía patillas y un aro en la oreja derecha. Debía estar cansado, porque  a diez minutos de salir de Constitución ya tenía los ojos cerrados y dormía con la boca abierta, a pesar de que de los auriculares blancos que llevaba puestos se escuchaba, muy fuerte, una base de reggaeton.

1 comentario

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Una respuesta a “Ya no sos

  1. AEZ

    Se cansó de ser yuta y ahora lidera una banda de thrash. (Ojalá, ojalá.)

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