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Códigos

Gran parte del trabajo del periodista descansa sobre la confianza. La relación con las fuentes muchas veces depende de un vínculo, en ocasiones fugaz, que haga posible el intercambio de información. Para lograr un dato hay que convencer a quien lo posee de que somos confiables, de que lo merecemos, de que eso que sabe puede decírnoslo y que, si nos lo pide, no vamos a publicar su identidad o siquiera aquello que nos confió. En primera instancia, las declaraciones en off the record no deberían publicarse. Sin embargo, se construyen notas enteras y tapas de diarios con información que nadie es capaz de atribuirse. Cuando el off the record se publica olvidando su origen, cuando junto a las declaraciones aparece la identidad de su autor, entonces lo que se pone en riesgo es el propio oficio. Si la confianza en los medios es escasa, ¿cuánto de ella queda después de ese acto? ¿Quién querría dar información sabiendo que puede ser traicionado?

La revista Noticias incluyó la semana pasada una entrevista al ex secretario de Transporte Ricardo Jaime. El tapa vende «Habla Jaime: ‘Sigo viendo a Kirchner'». Las condiciones en las que «habló» el ex funcionario quedan claras a partir de su penúltima respuesta, que la revista publica sin pudor:

(…) No voy a hacer ningún comentario más porque evidentemente no manejamos los mismos códigos, no quiero que ponga cosas mías, póngalo en boca suya. Jaime no dio un reportaje a la revista Noticias. Que quede bien claro: el ingeniero Ricardo Jaime no ha dado ninguna nota.
Noticias: Jaime, usted podría no haberme contestado nada, o aclarar de antemano que lo que me decía no se podría publicar.
Jaime: Le repito, de los temas judiciales no hablo y esto sí póngalo en boca mía. De los temas judiciales no hablo porque respeto los tiempos de la Justicia.

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Hábitos de consumo

—(…) Trabajo en un periódico, de periodista.
—¿Y qué hacéis los periodistas?
—Creamos hábitos de consumo de realidad en la población.
—No sé qué es eso.
—Es complicado.

Juan José Millás, El orden alfabético

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Alucinaciones

Apenas llegados, vinculados por esa pasión poderosa, ya muchos de los periodistas se desprecian entre sí en un tiempo de extensión imprevisible —un mes, un año, cinco años— la mayoría odiará a casi cada uno de los otros y habrá construido su red de supervivencia en un universo competitivo, cruel y más de una vez degradante. Pero al comienzo, ¡ah, al comienzo!, todos sueñan que esa vez sí, esa vez se podrá; que con Fulano y Mengano y Zutano se podrá; que ese equipo impar encontrará el modo de hacer equilibrio entre los intereses de la empresa y la función social del periodismo; que allí el talento podrá lucirse y construir autores; que allí habrá libertad para decir dos o tres verdades, para escribir extensas piezas de periodismo narrativo; que allí se conformará una comunidad con los lectores que, caramba, podría cambiar el curso de la historia. Y otras alucinaciones por el estilo.

Noticias de los Montoneros, Gabriela Esquivada, página 138

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Los medios, duros

En la tarde de ayer la Policía Bonaerense decía haber dado un paso más en lo que el gobernador de la provincia, Daniel Scioli, llama la guerra contra el narcotráfico. Según informaba la propia fuerza y reproducían los medios, en Villa Gesell habían sido detenidos cuatro delincuentes que se dedicaban al robo de casas y a los que se les secuestraron armas, celulares, dinero y 85 tizas, por un total de 850 gramos, de brolanfetamina. Las imágenes de los detenidos y del material incautado comenzaron circular en los canales de noticias bajo el título de “una nueva droga llega a la Costa”.

Si el incidente del Grog XD en C5N había generado risa fue porque se trataba de un absurdo. Nadie que lo pensara apenas unos segundos podía creer cierto que se preparara un trago utilizando querosene y ácido sulfúrico como ingredientes. Sin embargo, el canal emitía esa receta como una verdad. Esta vez la desinformación era más sutil.

Eduardo Feinmann presentó el secuestro de brolanfetamina (DOB) como el de una “nueva y peligrosa” droga sintética. “La nueva droga del verano”, titularon en el noticiero de América TV. Se repetía que se trata de una droga parecida al cristal met (sic.) o que venía a reemplazarla. Se recurrió a uno de sus nombres de fantasía, la pastilla del miedo, y enseguida se hizo la relación con la efedrina que pasó de los antigripales a la fama luego de que se desbaratara un laboratorio en Ingeniero Maschwitz. También se dijo que la dosis, una medida vaga, se vendía en la costa a 300 pesos y que es un poderoso alucinógeno. La seriedad y la alarma impostadas para hablar del tema trataban de convencer sobre la veracidad de cada palabra.

Como apoyo, en C5N entrevistaban a Marcelo Peretta, secretario del Colegio de Farmacéuticos de la Capital Federal y director de la Escuela de Farmacia y Bioquímica de la Universidad Maimónides. Peretta, fuente consultada con asiduidad por los medios, explicaba los efectos de las anfetaminas. Feinmann, en un intento por demostrar su grado de información sobre el tema le dijo que había leído en un documento del gobierno mexicano que la brolanfetamina y el clorhidrato de brolanfetamina estaban relacionados con el LSD y el MDMA, conocido como éxtasis. “¿Esto es así?”, preguntó.

—Por supuesto —contestó Peretta, sin explicar cuál es esa relación.

Lo que Feinmann había visto en Internet es en realidad un instructivo de la aduana de México en el que se explica qué cosas puede ingresar un pasajero a ese país. Allí se incluye un listado de las “sustancias consideradas psicotrópicas” y en el que la única relación que hay entre esas drogas es espacial y casual. La lista está confeccionada por orden alfabético y en dos columnas, sólo el azar quiso que la brolanfetamina quede a la izquierda del LSD y el clorhidrato de brolanfetamina, junto al MDMA. La confusión es fácil, pero puede evitarse si además de buscar en la Red se leen los resultados.

Tampoco es, como se difundió con faltas de ortografía, crystal meth o cristal de metanfetamina, una droga de producción más sencilla y de un consumo diferente al del MDMA. La famosa causa de la efedrina había hecho hablar a los medios sobre esta sustancia, bastante difundida en Estados Unidos y Europa y, en menor medida, en México. La efedrina es un precursor utilizado para su producción y que hasta el incremento de los controles gubernamentales era bastante más fácil de conseguir en la Argentina que en Estados Unidos, donde por ese motivo su valor es mucho más elevado. El retrato de ese mercado puede encontrarse mejor expresado en obras de ficción como la genial serie de televisión Breaking Bad antes que en los medios nacionales.

La brolanfetamina y el éxtasis, en ciertas circunstancias, pueden compartir alguno de sus efectos, pero no mucho más. Aunque se trata de compuestos bien diferentes, la primera es usada en ocasiones para adulterar a la segunda o es directamente vendida como si lo fuera. Ese engaño implica un riesgo para el consumidor: mientras que el efecto del éxtasis se manifiesta entre 20 y 60 minutos luego de su consumo, la brolanfetamina demora unas 3 horas, lo que puede llevar a una innecesaria y riesgosa repetición de la dosis.

El Servicio de Información sobre Sustancias Psicoactivas de la Universidad Federal de Ciencias de la Salud de Puerto Alegre (PDF) sostiene que “muchos problemas relacionados al abuso de sustancias psicoactivas podrían evitarse si las personas se informaran”. Desde el organismo se señala que la dosis considerada normal de la brolanfetemina, que comienza en 1 miligramo y llega a 3 en los usuarios crónicos, tiene un efecto que se prolonga entre 8 y 24 horas. Su consumo produce sensación de bienestar, incremento de la energía, de la actividad visual y auditiva, y mejora la percepción de colores y texturas. Dosis mayores pueden provocar calambres, alucinaciones, pérdida de la memoria y comportamiento irracional y violento. Mientras que una sobredosis puede derivar en convulsiones, espasmos vasculares, vómito y diarrea.

A pesar de que se trata de una droga poco habitual, no es nueva: fue sintetizada por primera vez 1967. La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), dependiente de la ONU, ubicó en su Convenio de 1971 a la brolanfetamina en la Lista I de sustancias. Eso significa que los países que adhieren a la convención “prohibirán todo uso, excepto el que con fines científicos y fines médicos muy limitados hagan personas debidamente autorizadas en establecimientos médicos o científicos que estén bajo la fiscalización directa de sus gobiernos o expresamente aprobados por ellos ”, entre otras limitaciones.

Los registros oficiales de la JIFE detallan(PDF) que entre 1997 y 2001 sólo Australia había comunicado la existencia de unos pocos gramos de brolanfetamina, mientras que para 2008(PDF) era Estados Unidos el único que informaba la existencia de 30 gramos en manos de sus fabricantes. Sí, es cierto que se trata de algo prohibido, lo que hace pensar que su información no es algo común. Sin embargo, los mismos datos indican que había registrado un stock de 558 gramos de MDMA en EE.UU. y otros 99 que se repartían entre Irlanda, Suiza e Israel.

En los medios también parecía excesivo el precio que se le adjudicaba al “nuevo peligro para los jóvenes”: “Pagan 300 pesos por dosis”, se repetía. Nadie explicaba cómo se llegaba al cálculo tratándose de una “droga nueva”, al menos en el mercado de la Costa Atlántica. Una rápida búsqueda alcanza para poner en duda el dato: una sustancia más demandada, como el éxtasis, tiene un valor de unos 50 pesos, según coinciden datos de decomisos previos y fuentes consultadas, también con rapidez, vía Twitter, que aseguran que la inflación no golpeó fuerte en ese rubro. Una sustancia con menos demanda y que en ocasiones se usa para adulterar el MDMA no debería ser más costosa. En todo caso, la policía logró más de lo que se puede esperar de los medios: les hizo un favor a quienes iban a ir en busca de un bicho y podían caer en la brolanfetamina, con lo que evitan riesgos para su salud y su billetera.

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Burradas

Tres burradas escuchadas y leídas en un día de ligero consumo de medios.

  1. En América 24, Toti «la tenés adentro» Pasman dijo que «el partido se jugará a las 19.10 de la tarde». Porque a las 19.10 de la mañana es un horario inhumano para la práctica deportiva.
  2. El mismo canal pasaba un informe sobre la mujer asesinada en un intento por robarle su auto. El título fue: «Otra mujer fusilada por el auto». En fin, la vieja historia del hombre contra la máquina. Supongo.
  3. Y la nota más importante de Crítica, el título principal de su portada de ayer, incluye un párrafo antológico:
    La cifra, entre otros datos que arroja el informe, configura el primer pantallazo total realizado por la comuna para multiplicar la prevención del dengue en Buenos Aires y evitar, de antemano, un escenario peor que el ocurrido durante el último verano, cuando la ciudad llegó a tener 231 casos confirmados de dengue, un total inédito en la historia reciente de Buenos Aires y un llamado de atención para el próximo período estival.
    Lo de «evitar, de antemano» es algo que suma. No es lo mismo evitar algo cuando ya ocurrió que evitarlo de antemano, es sabido. Si bien eso es un detalle destacable, el resto de la construcción cuenta con un barroquismo, una complejidad, un… un algo que lo hace casi una obra para pocos, críptica, al límite del idioma.

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Incomprensible

Una mesa, una cena y cinco periodistas que trabajaron o trabajan en la Web. Dato tal vez inútil: cuatro tienen cuenta en Facebook y tres, en  Twitter. Cuando se habló de trabajo, no de la gente del trabajo, el clima era de incertidumbre, de expectativas moderadamente angustiantes. Ligero y superficial apareció el debate sobre si deberían cobrarse o no los contendidos en medios digitales y acerca de qué es un medio exitoso en Internet. La conclusión es que es muy pronto para llegar a alguna. Eso  y el desaliento que produce el futuro del oficio a partir de su desesperanzador presente. La comida termina, quedan colegas y amigos. A la vuelta, cuando el martes empezaba a asomarse, en un colectivo alguien leía con fruición el Clarín del lunes, que lleva como título principal una información conocida más de un día atrás y que en la sección Negocios tiene un título incomprensible.

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Occiso

Uno cree que no, que eso no puede pasar. Se convence de que es imposible. Y sin embargo. Porque por lo general las gacetillas, sobre todo las que suele enviar la policía –porque la policía envía gacetillas–, están tan mal escritas que nadie con dos neuronas más o menos vivas, piensa uno, puede ser capaz de publicarlas tal cual llegan a una redacción, idénticas, copiando y pegando el mail que mandó con tanta amabilidad el comisario. No, nadie lo haría. Sospecha uno, ingenuo, que en el peor de los casos se la pica un poco, se la emprolija. No hablemos ya de chequearla, no: que el tiempo no alcanza, que hay mucho laburo y otros etcéteras aparecen como escusas blindadas. Pero sí es posible sacarle los modismos, la jerga, el nombre del comisario mayor que a nadie importa, eliminar ese “occiso”, recordar que son todos inocentes hasta que se demuestre lo contrario y que por ahora la policía no puede juzgar. Cambiar “efectivos de la comisaría tal en un importante operativo a cargo del comisario fulano logró apresar a una peligrosa banda dedicada al escruche en la zona comercial de Caballito”, por algo más cercano a “una banda acusada de robar comercios fue detenida en el barrio de Caballito”, por ejemplo. Eso es lo mínimo que se puede hacer, tarea básica de un periodista, los primeros ejercicios de cualquier estudiante del oficio. Cree uno que ningún redactor, jamás un editor, limitaría su trabajo a utilizar las combinaciones Ctrl+c y Ctrl+v, del mail al procesador de textos. Y sin embargo.

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