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La ley

Ser usuario de drogas es estar fuera de la sociedad. O, peor aún, es estar contra la sociedad. Es representar un peligro potencial, una fuente de temor y riesgo para los demás que debe ser acotada, controlada, encerrada, vigilada, readaptada si es posible. Si se es usuario de drogas, el ordenamiento jurídico actual, el régimen de la aún vigente ley 23.737, ofrece dos caminos con destinos apenas divergentes y que tienen las restricciones a la libertad como elemento común: se es delincuente o se es enfermo.

Pero ya iniciado un proceso judicial, ya puesta a funcionar la maquinaria jurídica y represiva, la diferencia entre ser declarado enfermo o delincuente no es menor. No es igual un tratamiento de “rehabilitación para adictos” que los métodos de los agentes penitenciarios de cualquier cárcel del país.

Y entonces el problema es que la Ley de Drogas, aplicada durante las últimas dos décadas, no establece siquiera criterios claros para determinar de qué lado se está de la fina línea que separa las figuras de la tenencia simple y la tenencia para consumo. Así, a la ominosa legislación se le suma la arbitrariedad de los jueces que deben decidir sobre qué tipo de inadaptado es el acusado.

En ese momento del proceso la ley se hace a un lado para dar paso a representaciones de la medicina, la psiquiatría y el sentido común que se ponen en juego para definir al acusado y argumentar esa definición. Familiares, amigos, testigos son escuchados para que un tribunal pueda establecer qué clase de peligro representa el sospechoso, de qué forma habrá que encerrarlo.

La antropóloga Florencia Corbelle, autora de La construcción del consumidor de drogas en el proceso judicial, explica que así “la mirada se posa no sobre lo que se hizo, no sobre el acto, sino sobre el actor, sobre la persona, y no sobre lo que pasó, sobre la acción realizada, sino sobre lo que es capaz de hacer el imputado”.

Si el juez considera que la acción juzgada fue realizada por alguien que no sufre desórdenes psicológicos ni muestra ningún indicio de adicción, entonces es alguien que actuó de modo plenamente racional, consciente de sus actos, con libertad y de forma autónoma y, por lo tanto, se trata de un delincuente. Por el contrario, los adictos son considerados dependientes, sin dominio de sí, incapaces de construir un proyecto de vida, irracionales y carentes de capacidad de elección. Son, en definitiva, considerados no-personas y, de ese modo, aparece la dimensión social de la adicción como enfermedad. En cualquier caso, delincuente o enfermo, las dos únicas opciones planteadas por la ley, deben ser castigados y apartados de la sociedad por peligrosos.

Las falsas alternativas planteadas por la 23.737 desde 1989 no llegaron de la nada. El contexto en el que esa legislación salió del Congreso estuvo marcado por la Convención de la ONU contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes, que en 1988 comprometió a los países que la firmaron a establecer como delito la posesión, compra o cultivo de drogas controladas para fines de consumo personal. Y antes estuvo signado por la “guerra contra las drogas” iniciada en 1986 por el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan, que montó sus políticas antidrogas sobre el pánico generado por la aparición del crack: una nueva forma de la cocaína que se expandió muy rápido y que con la invalorable ayuda de los medios de comunicación hizo creer que era capaz de derruir los cimientos de la sociedad norteamericana.

Pero ese marco no siempre fue igual. En 1986 la ilusión de una ley sobre drogas que no persiguiera a los consumidores fue más real que nunca. El Senado aprobó en general un proyecto que no castigaba a los usuarios, no aplicaba medidas curativas sin consentimiento previo, contemplaba penas graduadas en función de la cantidad de droga traficada y no consideraba delitos la tenencia, el cultivo, la siembra y el transporte cuando fueran llevados a cabo por consumidores. El sueño duró apenas una semana, hasta que los legisladores trataron los artículos en particular y desvirtuaron por completo el proyecto. Algunos nombres de aquella vez aún perduran: el juez de la Corte Raúl Zaffaroni fue uno de los asesores para la elaboración del texto, mientras que los ex presidentes Carlos Menem y Fernando de la Rúa fueron dos de los más fuertes opositores a su aprobación.

En esa oportunidad, la ley estuvo muy cerca de coincidir con los veredictos despenalizadores que florecían en distintos tribunales de primera instancia y con el fallo Bazterrica de la Corte que consideró inconstitucional penar la tenencia para consumo personal. Aquella vez no sucedió, pero aún puede ocurrir.

Este texto fue publicado en la edición especial «Derechos Humanos y despenalización» de la revista THC

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Gato encerrado

Nota publicada en la revista THC de abril de 2009

A veces, en la Villa 21-24 de Barracas, quienes se acercan a la parroquia Nuestra Señora de Caacupé van en busca de bastante poco. Ana, por ejemplo, fue porque quería tomar un mate cocido. A media mañana ya se había terminado. “Se nos secó el río”, avisaban en la puerta. Pero se fue con algo más. Tras una charla con el padre Juan Isasmendi, salió con la cara cubierta de lágrimas y el compromiso de volver para sumarse a uno de los grupos terapéuticos que asisten a consumidores de paco. No fue necesario obligarla.

Pero la decisión no siempre es la misma. Así lo evidencia el caso de uno de los chicos de la ranchada que hay al fondo de la villa. Se acercó a la parroquia con una mochila colgada del pecho, una campera que le caía sobre la espalda desde la cabeza y un cigarrillo entre los labios. A falta de mate cocido, rescató un sandwich, un caramelo y encaró para el lado de la avenida Zavaleta a buscar al resto de los pibes. Lo dice el padre Juan: “Cada uno tiene una manera única de salir y hay que respetarla”. Sigue leyendo

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Desmonte

Nota publicada en la edición 14 de la revista THC

F. sabía que asumía un riesgo. Lo supo cuando hace poco más de un año decidió aprovechar la independencia de la casa materna para dejar de fumar paraguayo y empezar a cultivar sus propias plantas. El comienzo fue como un juego, probar con unas semillas para ver si era posible, ver qué salía. Pero la real dimensión del riesgo que implicaba, dice él, se le apareció recién un viernes de principios de febrero pasado. Fue cuando salió a estudiar al balcón del quinto piso que alquila y notó que desde la terraza de arriba lo miraba el encargado del edificio acompañado de cuatro policías de la Federal. “¿Vos sos F.? Quedate ahí”, le ordenaron, mientras uno de los uniformados le sacaba fotos a sus seis macetas con un celular. Sigue leyendo

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Narices sangrantes

Nota publicada en la revista THC

Fue cuestión de prender la tele a la hora en la que en alguna época sólo se veían dibujos animados. Allí estaban en el aire las imágenes de Moria Casán en un consultorio médico. Con dificultad mantenía la pretensión de glamour sin dejar caer a su chihuahua Cristóbal del regazo mientras un doctor la preparaba para introducirle una sonda con una cámara en la nariz. “Esto se podría haber hecho aquí, en vivo, y Moria decidió, con todo el derecho del mundo, hacerlo en forma privada”, aclaraba Jorge Rial. El conductor de Intrusos parecía lamentar que la sex simbol de los setenta aceptó mostrar las fotos pero no el video. Se perdía la posibilidad de presentar “el cuerpo de una diva visto por dentro”. Lo que le estaban haciendo era una rinoendoscopía, el “desafío” que había aceptado para demostrar que ella, Ana María Casanova, no consume cocaína por la nariz. No es que alguien hubiese dicho lo contrario. Pero otro experimentado del ambiente del espectáculo como Antonio Gasalla lo habría dado a entender como parte de una cadena de malos entendidos, acusaciones y peleas que llevaron el tema del consumo de drogas al centro de la farándula.

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Reeducación social

Nota publicada en la edición 19 de la revista THC

–¿Es por consumo de drogas, no?

La pregunta llega, suave, desde el otro lado del gran mostrador de madera ubicado en medio del hall de entrada del Centro de Nacional de Reeducación Social (Cenareso). La mujer rubia está cerca de los cincuenta y se maquilla sin estridencias, igual que como habla: su voz es imperceptible desde dos metros de donde está. Acaba de decir algo sobre un análisis de sangre, pero a pesar de que el lugar está casi vacío fue imposible descifrar la mayor parte de sus palabras. De todos modos no hace falta escucharla para ver que, incluso en un breve contacto, busca reconfortar al interlocutor, contenerlo. No están claros sus motivos, podría ser compasión, podría ser pena.

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