Archivo mensual: agosto 2010

Cuando las cosas salen mal

“Ante la posibilidad de realizar transferencias, la entidad no se responsabiliza por el robo a mano armada que pudiera sufrir el cliente. Gracias por su comprensión.” Una leyenda similar a esa sería la que, según fuentes del sector financiero, utilizarán los bancos luego de la histeria mediática provocada por los últimos casos de salideras. O no. Quién sabe. Pero es verosímil una medida de ese tipo como intento de los accionistas de los bancos por disminuir los riesgos. Es una alternativa posible ante un delito en el que todos quieren sacar alguna ventaja.

El primer ganador está ahí, escondido cual elefante en el medio de un salón. No son los delincuentes, no. Esos corren los mismos peligros de siempre tratando de hacer lo que consideran su trabajo. Un error, un dato mal dado, el azar, un policía con buena puntería, son muchos los factores que los acechan. No, el primer victorioso es Clarín. Fue, en marzo de 2007, el encargado de popularizar el neologismo “motochorro”. El origen, asegura el propio diario, estuvo en Palermo –dónde si no–­, pero fueron ellos los encargados de llevarlo a la fama. El resto del entramado de los grandes medios no se pudo contener y lo repitió. Y ahí está, esperando que la Real Academia lo agregue a su diccionario en un par de años.

También la política quiere sacar ventaja. Desde el macrismo, por ejemplo, vislumbraron una posible solución fácil y rápida. Por eso repiten que se puede terminar con el problema con una ley que obligue a los mensajeros a usar chalecos con una identificación y les prohíba llevar un acompañante en la moto. Efectista, simple, para que todos lo entiendan. En la provincia de Buenos Aires no fueron tan rápidos de reflejos para las falsas promesas. Daniel Scioli necesitó a una mujer embarazada baleada en una salidera para mostrarse como un hombre de acción y anunciar que impulsará la colocación de más cámaras de seguridad y de inhibidores de teléfonos celulares en los bancos. Al menos fue más hábil para abrir la puerta a los lobbies: frente a los de los fabricantes de chalecos, son mucho más interesantes los que pueda realizar la industria de la seguridad.

La salidera es un delito interesante porque hasta la víctima quiere obtener un beneficio. De qué otro modo –y evitemos alegar la propia estupidez– se explica si no que alguien quiere sacar decenas o centenas de miles en efectivo de un banco. Dos ejemplos son los del empresario que paga en negro a sus empleados o el de aquel que busca eludir el pago del impuesto a los débitos y créditos bancarios. En el último caso se trata de una tasa de 0,6 por ciento sobre el monto de dinero de la operación. El más reciente hecho, el de Carolina Piparo, que copó noticieros y portadas de diarios gracias a la sensibilidad que despiertan las madres, el pago que se evitó fue de poco menos de 480 pesos.

Otra vez la salidera se vuelve fascinante. Son segundos en los que con un arma apuntando se decide el precio de la propia vida. A C. le pasó. Su jefe la creía una empleada de confianza y la mandó al banco a retirar 10.000 pesos para el pago de salarios sin cargas sociales. Alguien la marcó, la siguieron y tuvieron que pegarle un culatazo en la cabeza porque se agarraba con furia a la cartera en la que tenía el dinero de su jefe. Ahora dice que en el momento no se dio cuenta, que fue una reacción involuntaria. Alguna pulsión por conservar el efectivo, tal vez, la hizo decidir.

Mientras que narcotraficantes y corruptos por millones montan complejas redes para blanquear el dinero producto de sus actividades ilegales, para ponerlo de nuevo en el sistema y utilizarlo en el pago de sus tarjetas de crédito, mientras eso pasa, la víctima de una salidera por lo general realiza el camino inverso. La lectura del hampa parece mucho más lúcida. Comprende ese movimiento y va por quien entra en su territorio. Ataca entonces a esos sectores de la clase media que intentan esquivar al Estado cuando les conviene, pero al que le reclaman una utópica seguridad cuando las cosas salen mal.

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