Archivo mensual: noviembre 2009

Narices sangrantes

Nota publicada en la revista THC

Fue cuestión de prender la tele a la hora en la que en alguna época sólo se veían dibujos animados. Allí estaban en el aire las imágenes de Moria Casán en un consultorio médico. Con dificultad mantenía la pretensión de glamour sin dejar caer a su chihuahua Cristóbal del regazo mientras un doctor la preparaba para introducirle una sonda con una cámara en la nariz. “Esto se podría haber hecho aquí, en vivo, y Moria decidió, con todo el derecho del mundo, hacerlo en forma privada”, aclaraba Jorge Rial. El conductor de Intrusos parecía lamentar que la sex simbol de los setenta aceptó mostrar las fotos pero no el video. Se perdía la posibilidad de presentar “el cuerpo de una diva visto por dentro”. Lo que le estaban haciendo era una rinoendoscopía, el “desafío” que había aceptado para demostrar que ella, Ana María Casanova, no consume cocaína por la nariz. No es que alguien hubiese dicho lo contrario. Pero otro experimentado del ambiente del espectáculo como Antonio Gasalla lo habría dado a entender como parte de una cadena de malos entendidos, acusaciones y peleas que llevaron el tema del consumo de drogas al centro de la farándula.

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Discursos sobre la «inseguridad»

Las puertas del subte que llega a Constitución se abren. Empieza la lenta procesión hacia las escaleras. Se escucha alguna voz y el roce de los pies contra el suelo. El chico es bajito, no llega a los doce años, lleva el pelo cortado imitación cepillo y muestra algo de sobrepeso. Con esfuerzo levanta del piso del vagón una mochila que le llega a la cintura. La suelta sobre el anden mientras el resto de la gente trata de esquivarlo. Otra vez, vuelve a levantar la mochila. Más adelante, a un par de metros, está la madre. No es mucho más alta que él. Tampoco es mucho más delgada. Se frena y se da vuelta para esperarlo.

–¡Rápido, Nahuel!

Nahuel decide que tiene que colgarse la mochila en la espalda para cumplir con la exigencia materna y empieza a maniobrar para lograrlo.

–No, no te la pongas que te van a robar todo –reclama la madre.

–Maaaaaaaaa

–Es la verdad. Es lo que pasa en todos lados, no es ninguna novedad –no grita, pero habla fuerte. O te la arrancan de un tirón o te abren los bolsillos. O te los cortan, y se llevan lo que les sirve. Es así.

Nahuel la mira. Se saca la mochila de la espalda y, mientras la lleva en la mano, camina sin sacarle la vista de encima a la mugre del andén.

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Edición fotográfica

Las fotografías de la prensa diaria forman parte del álbum de familia de una sociedad. Al repasarlas, nos reconocemos en ellas y hacemos comentarios semejantes a los que se efectúan frente a las páginas del álbum familiar. (…) La única diferencia entre el álbum colectivo y el familiar es que en el colectivo sí aparecen los sucesos desagradables. Es más, con frecuencia, se prefieren a los felices.

Pero entre las semejanzas, quizá la más inquietante es la constatación de que tanto las fotografías privadas como las colectivas nos miran. Nos mira desde el álbum familiar el hermano de papá que se colgó de una viga, y nos mira desde la página del periódico el político que acaba de ganar o de perder las elecciones. Las fotografías que quedan en la memoria colectiva se incorporan a ese álbum familiar intangible que cuenta la historia de un país o de una época.

Juan José Millás, Todo son preguntas

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Ay

–Hola. ¡Hola!
La voz llega desde el fondo del colectivo. Grave. Aguardentosa, diría alguno. En el último asiento, contra la ventana, un hombre que cabe con dificultad en el espacio para sentarse atiende su celular.
–Sí. ¿Qué? Estoy en el colectivo.
Desde el otro lado hablan fuerte. Se escucha una voz de hombre. Pero no se distinguen las palabras.
–Pará. ¿Quién le pego una puñalada? Ay. ¿Quién fue? El pibe, el flaquito, sí, el que trabaja en la remisería. Bueno. Ay. Qué problema ahora, eh. Voy para el Gandulfo entonces. Mirá que yo le dije, eh. ¿Y ahora? ¿Lo voy a tener que ir a buscar con un chumbo? Le dije. La otra vez la vino a buscar, a tirarle la onda de que quería estar con ella. Yo le dije. Si estás sola no le abras la puerta a nadie. Pero andá a saber. Le tiene que haber abierto la puerta. La otra vez vino y le dije que no podía porque estaba solo.
–…
–Sí, yo estoy en el colectivo, ahora voy para el Gandulfo. Pero qué cagada. Y por algo lo habían rajado del trabajo. Sí, laburaba en una panificadora, una que hacía miga para sándwiches y lo rajaron. El otro día vino a hacerse el guapito y lo sacaron cagando. Bueh, está bien, está bien.
–…
–¿Y qué, está toda la policía ahí?
–…
–Qué problema ahora. Ay, ay… Y yo le dije, eh. Le avisé. Bueh, voy para allá.

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