Diferencia

La hilera de gente sale del edificio y se estira unos veinte metros por la vereda angosta. Adentro no regalan ni venden nada. Tampoco ofrecen trabajo. Los trajeados con cara de nada y las mujeres siempre con gesto preocupado, como impostando vulnerabilidad, esperan para que alguno de los dos ascensores que suben los lleven hasta los pisos superiores donde funcionan los juzgados laborales. Uno se detiene en los pisos pares y el otro, en los impares, para demostrar que si hay escasez no es debido a la mala administración.

En el noveno piso, la zona en la que están los despachos de los jueces, el mostrador de atención y las salas de audiencias difiere bastante del estereotipo de los edificios tribunalicios. Posee acondicionador de aire, paredes blancas y una alfombra azul. Sin embargo, la decoración es estrictamente judicial. Hay apenas tres sillas rotas y diferentes entre sí, y las pilas de expedientes y formularios continuos en blanco cse arrumban contra las paredes.

Del despacho de un juez salen dos hombres. El de camisa sport blanca, pantalones castaños y pelo oscuro, de poco más de 50 años, es el abogado. Lleva una carpeta bajo el brazo y ánimo de derrota. Lo sigue un hombre de la misma edad, rubio, con camisa rosa y campera de gamuza marrón. Camina con paso lento, mirando el piso y arrastrando una valija con ruedas.

—Bueno, decime, ¿habían pensado un número como para ofrecer? —pregunta el abogado.

—Mirá, yo ya no decido nada. Todavía falta que salga eso, pero no soy parte de la sociedad. Esperá que lo llamo a Víctor, a ver si puede hablarlo con Oscar y te digo. Si fuera por mí ya sabés cuál es mi pensamiento, pero ya no decido. ¿A vos qué te parece? ¿Cuál sería el número?

—No, bueno, en estos casos se ofrece un 20.

—Ah, ¿y un 20 a pagar en diez cuotas podría ser?

—Seh…

El de camisa rosa saca el celular de un estuche que lleva agarrado al cinturón. Hace un llamado.

—Hola, ¿Oscar? Sí, mirá, estamos acá con el abogado y… ¿podés hablar? Ah, sí, sí. Bueno, resulta que existe la posibilidad de hacer un… este… un ofrecimiento para terminarlo acá.

–…

–Claro, recién estuvimos con la secretaria del juez y es como una conciliación, es para no seguir con el juicio. Este… y no sé si ustedes habían pensado…

–…

—Sí, acá me dice que tendría que ser un 20, que podría ser pagadero en diez cuotas. Pero bueno, no sé qué piensan ustedes.

–…

—Ah, regio. Sí, ya se lo transmito al abogado y después te llamo con la novedades, ¿sí?

Cuando corta, el abogado lo mira buscando una respuesta. No sólo parece derrotado, está aburrido, sabe que sólo cumplen con un rito que no los va a llevar a ningún lado.

—Sí, ellos habían pensado en esta posibilidad. Pero habían calculado 10 mil en diez cuotas. Así que me dijo, partamos la diferencia y ofrecé eso.

—¿Entonces?

—Y, serían 15 mil pesos en diez cuotas.

—Bueno.

Ahora los dos esperan. Se conocen desde hace varios años. El abogado escucha que los padres del otro no están bien. Tienen más de 80 años, viven en Mar del Plata y la otra vez quisieron robarles. “Estoy analizando —sí, analizando, dice— vender la casa y que se vengan para acá, más cerca. Ese es mi máximo problema. Además, mi hermano se fue a España y se desentendió de todo.” De los padres pasan a los hijos, los estudios, un casamiento, un par de nietos.

Por la misma puerta de la que habían salido los dos hombres, aparece una mujer. Lleva un trajecito color salmón, una blusa blanca y una carpeta bajo el brazo: es abogada. De jean, remera y zapatillas, la sigue su representado: un ex empleado. La mujer le indica al otro abogado que ya pueden pasar.

—Bueno, Morales, ¿usted ya había pensado una cifra? —le pregunta a su cliente cuando los otros ya se fueron.

—Y… sí, más o menos, yo…

—Recuerde que a eso le tiene que restar el veinte por ciento —lo corta.

—Sí, sí, claro. Por eso había pensado en ¿65? ¿Le parece?

—Sí, tenía ese mismo número en mente. Bueno, bien, entonces ahora esperamos que nos llamen.

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